La Caleta
Tienda de mariscosDonde empezó todo. Una pequeña tienda que Gonzalo y Rosita abrieron juntos poco después de casarse, cuando ofrecer mariscos en La Paz era casi una locura. Aquí nació el sueño que años después se convertiría en Los Faros.
La Paz, 17 de agosto de 1944
Empresario paceño que trajo el mar, Francia e Italia a la altura de los Andes, y que entendió que una mesa bien servida puede reunir a toda una ciudad.
Semblanza
Nació en La Paz el 17 de agosto de 1944, en una ciudad de calles empinadas y cielos inmensos, y creció en el barrio de Miraflores. Su educación y su carácter se forjaron de la mano de dos mujeres excepcionales, sus tías maternas, que condujeron sus estudios y su vida.
Yolanda Roca Eguino, hermana de su madre, era profesora de historia y socia del Colegio Lourdes de La Paz. Nunca tuvo hijos, y volcó en él un amor de madre: lo mimaba y lo cuidaba con una devoción absoluta. Quizá fue en sus lecciones donde nació la pasión de Gonzalo por el pasado de La Paz.
La Madre Irma Roca Eguino era una religiosa diligente, encargada de administrar los bienes de su congregación. Monja, sí, pero de espíritu revolucionario: fue una de sus aliadas más cercanas, lo impulsó en la política y lo protegió en los tiempos difíciles.
Él las quiso con una devoción que nunca se apagó. Ya adulto, con la agenda llena de política y negocios, seguía visitándolas constantemente en su casa del centro de La Paz, a pocos pasos de la avenida Mariscal Santa Cruz. El orgullo era mutuo: él presumía de sus tías y ellas celebraban cada uno de sus logros como propios.
Se formó en el Colegio La Salle y continuó sus estudios en Tarija, en la Universidad Juan Misael Saracho, donde el sur le enseñó otra manera de mirar el país. Desde esos años universitarios abrazó el Movimiento Nacionalista Revolucionario, el MNR, y le fue fiel toda la vida.
La política sería la pasión que marcó su existencia, y con el tiempo se convirtió en un hombre muy cercano a Víctor Paz Estenssoro, quien confió en él a lo largo de los años.
En aquellos años Gonzalo trabajaba también como representante de artistas, y fue en ese mundo de discos y escenarios donde encontró al amor de su vida. Rosita trabajaba en Discolandia, y allí empezaron a salir. Para conquistarla, él le confesó con aire grave que tenía dos hijas.
Le gustaba invitarla a tomar café, y en las servilletas de aquellas mesas le escribía poemas. Era un romántico sin remedio, que le dedicaba canciones de Leonardo Favio y, cómo no, Rosa, Rosa de Sandro.
Con los años llegaron tres hijas, y él, con su humor de siempre, decía que había conquistado el mundo como Colón: con la Niña, la Pinta y la Santa María. Poco después de casarse abrieron juntos La Caleta, una pequeña tienda de mariscos que sería la semilla de todo lo que vendría. Rosita fue mucho más que su compañera de vida. Estuvo a su lado hasta el último día, en la política, en la empresa y en cada una de sus metas.
"Se llaman Soledad y Tristeza."
Con la dictadura de Hugo Banzer llegó la etapa más dura. Gonzalo no comulgaba con las ideas del régimen y tenía un don natural para aglutinar a la gente, algo peligroso en años en que los opositores eran perseguidos y sometidos a torturas. Fue apresado varias veces.
La primera, en 1971, desapareció sin dejar rastro: en el Departamento de Orden Político, el temido DOP, nadie daba razón de su paradero. Rosita, embarazada y desesperada, lo buscó durante meses. En esa búsqueda llegó a sufrir humillaciones crueles, pero no se detuvo, hasta que un día sonó el teléfono. Era él, llamando desde Argentina. Lo habían sacado del país con una beca de la OEA, una forma de destierro que lo alejaba de Bolivia.
Lejos de rendirse, convirtió ese exilio en una oportunidad y aprovechó la beca para hacer un posgrado. De vuelta en Bolivia, en 1974 decidió dar el salto y abrir Los Faros en la avenida Belisario Salinas, en Sopocachi. De noche, a escondidas, funcionaban los esténciles con los que se imprimían volantes contra la dictadura; jóvenes de la resistencia movimientista se reunían a cantar las canciones de protesta de Quilapayún y salían a pegar carteles por la ciudad.
En 1975 volvieron a buscarlo. Lo sacaron de su casa y lo confinaron en Puerto Rico, un pequeño pueblo del remoto departamento de Pando, en plena Amazonía. Tampoco se doblegó ante la dictadura de Luis García Meza: entre 1980 y 1981 sus restaurantes volvieron a pagar el precio de sus ideas. Las tropas de caballería del régimen llegaban para cerrarlos. Él siguió de pie, y los volvió a abrir.
Lo buscaron durante meses. Un día sonó el teléfono: estaba vivo, en Argentina.
Si una vocación lo definió además de la política, fue la de emprender. Donde otros veían límites, él veía una mesa por servir.
En los años en que los mariscos eran casi desconocidos en la mesa boliviana, Los Faros trajo el Pacífico a más de 3.600 metros de altura. Para abastecerlo creó una importadora de mariscos que llegó a distribuir en todo el país, con clientes de la talla del Hotel Sheraton y el Hotel Los Tajibos. Fue el primer capítulo de una historia que llenaría de sabores la vida nocturna y familiar de La Paz.
Su creatividad para los negocios no se limitó a la cocina. También tuvo una empresa de martillería, GSG, dedicada a los remates de bienes embargados por la banca, un oficio que exigía olfato, palabra firme y la confianza de todas las partes.
En un país sin mar, abrió una marisquería. Y luego convenció a toda Bolivia de probarla.
Con el retorno de la democracia, su compromiso encontró nuevos cauces. Sirvió al país como diputado nacional durante dos gestiones, en las que llegó a presidir cuatro comisiones de la Cámara de Diputados, y ocupó numerosos cargos públicos de alta responsabilidad.
En 1996 fue posesionado como Subsecretario de Política Interior del Ministerio de Gobierno, en un acto al que acudieron decenas de militantes movimientistas para acompañarlo.
La masonería fue otro de los pilares de su vida. Alcanzó el grado de Maestro Masón en la Gran Logia de Bolivia y perteneció a la logia Mariscal de Zepita, que lleva el título con que la historia recuerda al paceño Andrés de Santa Cruz.
Cada jueves, sin falta, acudía a sus tenidas con la puntualidad de un compromiso sagrado, y fue un estudioso dedicado de la tradición masónica, fiel a sus ideales de trabajo, fraternidad y búsqueda de la verdad.
Para todos fue siempre el Gordo Simbrón. Con más de un metro ochenta de estatura y una contextura imponente, poco común en la La Paz de su tiempo, era imposible no verlo llegar. Convivió con su peso buena parte de su vida sin que eso le quitara alegría: disfrutó la vida en plenitud, amó los viajes y el placer de conocer otras culturas.
Tenía cientos de amigos, y su cumpleaños era sagrado. Cada 17 de agosto la celebración era obligatoria, con un mínimo de ciento veinte invitados, salón y música incluidos; en la familia se decía, entre risas, que no festejarlo era garantía de un berrinche monumental. Y en esas fiestas no podía faltar su canción favorita, El Rey, de Vicente Fernández; en los encuentros familiares, en cambio, la que sonaba era Mi familia, de Pimpinela.
Más allá de la política y de los restaurantes, la vida le puso una prueba más dura. Hacia 2006 sus riñones dejaron de funcionar y comenzó un tratamiento de hemodiálisis que lo obligaba a pasar tres días de cada semana conectado a una máquina.
Pero no se quedó en la queja. Cuando cerca de dos mil pacientes renales lo invitaron a representarlos, aceptó sin dudar la presidencia de la Asociación Boliviana de Dializados y Trasplantados. Desde allí luchó por que se aprobara el reglamento de donantes que podía salvar muchas vidas en Bolivia.
Hubo también gestos que lo retratan: dos personas a las que alguna vez había ayudado se ofrecieron a donarle un riñón. No resultaron compatibles, pero su ofrecimiento dice mucho de la huella que dejó.
"El dializado es un hombre enterrado a medias."
Y encontró tiempo para escribir. En septiembre de 2009 presentó en La Paz Imagínatelapaz: cuando el pasado era presente, publicado por Gente de Oficio Editores y con prólogo de Eduardo Ascarrunz. Más de cuatrocientas personas llenaron la sala, casi una por cada página del libro.
Detrás de esas páginas hubo más de cuatro años de trabajo, escritos en buena parte durante sus sesiones de diálisis. Donde otros habrían visto horas perdidas, él vio tiempo para escribir. Se dedicó con pasión de coleccionista a buscar y comprar cuanto manuscrito antiguo sobre La Paz llegaba a sus manos.
En sus páginas, con el tono de una charla entre amigos, recorre casi cuatro siglos del imaginario paceño: pasajes poco conocidos, vivencias insólitas, leyendas y milagros de una ciudad a la vez rebelde y festiva. Fue, sobre todo, una declaración de amor a La Paz, la ciudad que lo vio nacer y a la que dedicó su vida entera.
"No es un libro salido de la pluma de un historiador, pero es historia." — Sandra Urquidi Collins, editora
La carta de una vida
Cada restaurante fue un capítulo. Cambiando la manera de comer y celebrar en La Paz.
Donde empezó todo. Una pequeña tienda que Gonzalo y Rosita abrieron juntos poco después de casarse, cuando ofrecer mariscos en La Paz era casi una locura. Aquí nació el sueño que años después se convertiría en Los Faros.
El olor a mar en plena cordillera. Pescados y mariscos frescos en una ciudad que apenas los conocía, servidos con la audacia de quien abre camino.
Una casa dedicada por entero al pato, preparado de todas las formas que la cocina permite. Un atrevimiento que convirtió un solo ingrediente en toda una carta.
La brasa encendida, el chisporroteo de la carne y el ritual de la parrillada compartida entre amigos y familias.
Manteles blancos, copas de cristal y violines a la mesa. Durante años fue el único lugar de La Paz donde la cena francesa llegaba acompañada de música en vivo, a un paso del comensal.
Un homenaje a la tradición: el cerdo en sus diversas preparaciones bolivianas, con el sabor generoso de las cocinas de casa.
Ají, color y carácter. Picantes de todo tipo para quienes saben que la cocina boliviana se celebra con fuego en el plato.
Una luz encendida en la ciudad para el antojo de cualquier hora: churrascos de carne argentina y queso provolone dorado al fuego.
Cuando la cena terminaba, empezaba el baile. Música tropical y noches largas para una ciudad que también sabe celebrar.
Pastas, salsas y la calidez de una trattoria. El último capítulo de su carta, dedicado a la mesa italiana.
Legado
Muchos de estos lugares ya cerraron sus puertas, pero siguen abiertos en la memoria de quienes celebraron allí un cumpleaños, cerraron un negocio o se enamoraron entre plato y plato. Gonzalo Simbrón García abrió fuentes de trabajo, se atrevió con sabores que Bolivia no conocía y demostró que la hospitalidad también es una forma de construir ciudad.
Autor de Imagínatelapaz: cuando el pasado era presente (2009)
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